
Durante la mayor parte de su vida, Zakie* creyó que Dios era un terrible anotador de puntos, una especie de árbitro cósmico que esperaba a que sus creaciones cometieran un error para poder enviarlas al infierno. Ella hizo todo lo posible por ser una musulmana fiel, pero vivía con el peso de intentar seguir a un Dios que la condenaría por puro capricho.
«En el islam, siempre nos inculcaban el miedo a Dios», explica. «Nos decían que, por ejemplo, si no rezábamos, no podríamos ir al cielo. Si no ayunábamos, no éramos puros en el islam, no éramos buenos musulmanes».
Zakie nació en el seno de una familia musulmana devota en Afganistán. Allí, sus días giraban en torno al rígido mecanismo de intentar cumplir con la ley islámica.
«La adoración en el islam tenía un horario específico», recuerda Zakie. «Por ejemplo, cuando te levantas, el sol no debe haber salido todavía cuando rezas. Si el sol ya había salido, decían que el rezo no era válido. También teníamos que rezar por la tarde, antes de que anocheciera. A la hora de acostarnos, teníamos que rezar a la hora adecuada. Si no, nuestro padre o quien fuera el cabeza de familia nos humillaba. Así que, mientras estuve soltera, me vi obligada a hacerlo de esta manera cuando estaba con mi familia».
Para una mujer en Afganistán, las cadenas eran aún más estrictas que los horarios de oración. Cada aspecto de su existencia estaba controlado por reglas. «Teníamos que cubrirnos la cabeza, taparnos la cara, llevar ropa holgada, cubrirnos las manos y el cuerpo hasta los pies», explica Zakie. A partir de su experiencia, afirma: «A las mujeres siempre se las considera inferiores. No les conceden derechos ni privilegios. Las utilizan como esclavas, como esclavas sexuales».
«Algunas personas me insultaban diciendo: "Esta mujer es una kafir [infiel]. No comas con ella del mismo plato. No os sentéis a la misma mesa que ella»
Esto significaba que su vida estaba planificada por otros. Cuando estaba a punto de terminar la escuela secundaria, la ofrecieron en matrimonio. Su esposo también era musulmán, por lo que su vida de obediente sumisión continuó igual. Simplemente había cambiado la autoridad de su padre por la de su esposo. Como tantas otras mujeres en Afganistán, Zakie no era dueña de su propia vida. Nunca imaginó que la verdadera libertad fuera posible, hasta que la vio con sus propios ojos dentro de las paredes de su propia casa.
La transformación no comenzó con un sermón o un folleto; comenzó con su esposo. Al igual que Zakie, él se había criado en una familia musulmana devota. No era diferente de otros hombres de su comunidad: rápido para vengarse, duro y despreciaba a las mujeres.
Pero con el tiempo, ella notó cambios graduales en su carácter. Su ira desapareció. Comenzó a mostrar afecto. Perdonó.
Resultó que todo se debía a que había conocido a Jesús.
«Vi que mi esposo había cambiado», recuerda Zakie. «Vi que había llegado a la fe cristiana. Se volvió humilde, perdonaba y nos demostraba mucho amor. Antes no era así. Se enfadaba mucho, no perdonaba y no había amor en casa; no nos mostraba nada de amor».
Cuando él finalmente le contó que se había convertido al cristianismo, seguir su ejemplo y creer en Cristo no fue una decisión difícil para ella.
«Cuando vi los cambios en la vida de mi esposo, yo también abracé la fe», asegura Zakie. «Él nos compartió Juan 3:16, que dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”. Esto me animó aún más, y abracé esta fe».
Escuchar sobre el amor radical de Dios destrozó la imagen del Dios enfadado y distante con el que había crecido. Ser testigo de la transformación de su esposo le demostró que este Dios era real, poderoso y lleno de amor.
Su decisión de seguir a Jesús abrió una experiencia completamente nueva para Zakie. Había oído hablar de los cristianos, sobre todo de que eran infieles, pero nunca imaginó que se convertiría en uno de ellos.
«Cuando era musulmana, algunas personas decían que un "cristiano" era un infiel», afirma. «En aquel momento, pensaba que un infiel debía de ser alguien que no conocía a Dios. Quizás no sabían perdonar, o eran adúlteros, malhechores y mentirosos. Pero cuando encontré la fe, comprendí que aquellos que creen en el Señor Jesucristo son humildes y tienen amor. Cuando me convertí en creyente, la imagen que tenía de los cristianos cambió. Vi que eran todo lo contrario».
A medida que la fe de Zakie y su esposo se afianzaba, Dios comenzó a tocar cada área de sus vidas. Se transformaban día a día.
«En el pasado, si alguien nos hacía daño, no lo perdonábamos», dice ella. «En absoluto. Esa falta de perdón y los problemas que se nos presentaban eran como una carga muy pesada sobre nuestros hombros. Cuando abrazamos la fe, fue como si esa carga y esos problemas se levantaran de nuestros hombros; desaparecieron. Nos sentimos ligeros. Como dice la Biblia: "Ama a tu Dios y ama a tu prójimo como a ti mismo". Esto tuvo un gran impacto en nuestras vidas».
Zakie había estado viviendo una vida controlada por las reglas de la estricta interpretación del islam en Afganistán; pero, después de aceptar a Cristo, comenzó a experimentar la verdadera libertad. Sus interacciones con Dios ya no se basaban en el miedo, sino en una relación íntima.
«Cuando llegué a la fe a través de mi marido, gracias a Dios, me liberé de las cadenas y ataduras de mi vida anterior», afirma. «Puedo adorar a mi Dios en cualquier momento, sin horarios, puedo alabar a mi Dios, puedo orar. No hay un momento establecido. En cualquier momento podemos alabar a nuestro Dios, adorarlo y glorificar su nombre».
«La paz llegó a mi vida», continúa Zakie. «En el pasado, estaba muy desconsolada. Siempre pensaba en cómo no había adorado a Dios, no había ayunado, no había hecho sacrificios. Pensaba que no podía llegar al cielo. Pero ahora que he llegado a la fe, ha habido muchos cambios. Gracias a Dios, cuando oro, cuando adoro y cuando glorificamos el nombre del Señor Jesucristo, me regocijo de ser salva, de que Dios me ha elegido, que tengo un lugar en el Reino de Dios y que he obtenido la salvación eterna».
Pero esa seguridad pronto se pondría a prueba. Al fin y al cabo, Zakie es una mujer cristiana de Afganistán, el undécimo país más peligroso del mundo para seguir a Jesús en la actualidad (datos de la LMP 2026).
«Como Dios siempre perdona y nos muestra su amor, yo también les mostraba amor y les perdonaba. Eran mi familia y mis parientes; no podía distanciarme ni separarme de ellos»

En comunidades tan unidas como la de Zakie, es difícil guardar secretos. Así que la nueva fe de ella y su esposo se hizo demasiado evidente muy rápido como para ocultarla. El rechazo fue rápido e intenso, ya que abandonar el islam se considera una traición a la familia y a su cultura.
«Algunas personas me insultaban diciendo: "Esta mujer es una kafir [infiel]. No comas con ella del mismo plato. No os sentéis a la misma mesa que ella», cuenta Zakie. «Cuando cogía a los niños en brazos para mostrarles afecto, sus madres no me lo permitían; me quitaban a sus hijos de un tirón. Me decían: "No, no te acerques a ella, es una mujer muy mala. Niega la existencia de Dios. Se ha convertido en una infiel"».
«Hago discipulado con mujeres, porque hay algunas que han experimentado mucho trauma y han visto muchos problemas»
La hostilidad era profunda. Incluso los niños de la aldea de Zakie la miraban con repugnancia.
También se la excluía de las reuniones familiares. Incluso cuando falleció un pariente, se le prohibió asistir al funeral.
«Celebran una ceremonia de recitación del Corán cuando fallece un familiar», explica. «Me dijeron: "Eres una infiel, por lo que no entiendes el Corán". No me permitieron ir. Cuando saben que alguien cree en Jesucristo y no sigue las normas islámicas, piensan que esa persona no es humana en absoluto».
Zakie sintió el aguijón del dolor; pero, cuando se sentó a orar, siempre encontró la fuerza para perdonarlos y amarlos.
«Siempre me sentaba aparte y oraba a mi Dios. Oraba por ellos para que Dios perdonara sus pecados», cuenta. «Como Dios siempre perdona y nos muestra su amor, yo también les mostraba amor y les perdonaba. Eran mi familia y mis parientes; no podía distanciarme ni separarme de ellos».
Zakie no estaba sola en este sufrimiento. Recuerda a una amiga que era creyente en secreto; ni su esposo ni sus familiares sabían que se había convertido al cristianismo. Zakie la llamaba a menudo los domingos, fingiendo invitarla a actividades recreativas como excusa para asistir a la iglesia.
«Más tarde, cuando su marido se enteró, no la dejó volver a la iglesia para el culto. Rompió su relación conmigo», se lamenta Zakie. «Él le había dicho: “No debes hablar con Zakie. No debes enviarle mensajes. Ni siquiera debes saludarla cuando la veas por la calle. Si te vuelvo a ver hablando con ella, te cortaré las orejas y la nariz, te echaré de casa y me llevaré a los niños”».
Con cuatro hijos que proteger, la amiga de Zakie no tuvo más remedio que obedecer. El último mensaje de texto que Zakie recibió de ella todavía pesa mucho en su corazón: «Querida Zakie, no me envíes más mensajes. No me llames. No puedo seguir porque mi esposo me ha advertido: “Te cortaré las orejas y la nariz, me llevaré a los niños y te echaré de casa”».
Sin embargo, Zakie encuentra consuelo en el hecho de que su amiga no ha abandonado su fe, a pesar de la brutalidad que sufre por parte de su esposo. «Él golpeaba a mi amiga, siempre insultándola, humillándola y rechazándola. Todo ello porque, poco a poco, se había dado cuenta de que su esposa había abrazado la fe. Su mujer creía en Jesucristo; y aún lo sigue haciendo».
La familia de Zakie pudo soportar el rechazo social, pero pronto esa hostilidad se volvió violenta. Los aldeanos los denunciaron a los talibanes. Los extremistas sabían quiénes eran y no había escapatoria.
«Se llevaron a mi esposo dos veces, lo torturaron e incluso pensamos que lo habían matado», dice Zakie.
«Querían eliminarnos. Querían matarnos. Ni siquiera podíamos quedarnos en nuestra propia casa ni una noche. Siempre íbamos de una casa a otra, por miedo a que nos mataran y se llevaran a nuestras hijas».
El peligro alcanzó su punto álgido solo tres meses antes de que los talibanes tomaran completamente el control de Afganistán en 2021.
«Mi marido, mis hijas y yo habíamos ido a la casa de uno de nuestros familiares», cuenta Zakie. «Cuando salimos de allí, una motocicleta se detuvo en la carretera, un hombre se bajó y disparó a mi esposo».

Por la gracia de Dios, sobrevivió, pero el mensaje era claro: marcharse... o morir.
«Le llevamos al hospital, pero estábamos muy asustados y esa misma noche huimos de Afganistán», cuenta Zakie.
La decisión de marcharse fue muy difícil. Zakie acababa de dar a luz y tenía que cuidar de un recién nacido mientras ayudaba a su esposo herido.
Sin embargo, quedarse significaba arriesgarse a que los talibanes secuestraran a sus hijas, una práctica habitual en la que las niñas son tomadas como esposas o sirvientas.
En la actualidad, Zakie y su familia viven a salvo en un país de Asia Central. Al mirar atrás, ella ve la bondad de Dios incluso en los momentos más desesperados.
«Siempre oraba para que Dios nos ayudara y nos diera fuerzas. Dios nos dio fuerzas y paz. Pudimos llegar a un lugar seguro», agradece.
Aunque está lejos de su hogar, su corazón sigue con las mujeres de su tierra natal. Ahora trabaja con otras refugiadas como ella que también han sufrido un trauma inmenso.
«Hago discipulado con mujeres, porque hay algunas que han experimentado mucho trauma y han visto muchos problemas. Comparto la palabra de Dios con ellas y les transmito el amor de Jesús», explica Zakie.
La vida como refugiada no es fácil. Como cristiana, sigue corriendo peligro en su comunidad. Y los afganos tienen pocos derechos en el lugar donde vive. Pero incluso en medio de la persecución y las pruebas a su fe, se aferra a la esperanza porque sabe quién es Jesús.
«Para mí, Jesús es el Señor, el Salvador y el Sanador. Jesús lo es todo para mí», afirma Zakie. «Lo que me da esperanza es haber encontrado al Dios vivo, que Él ha ocupado un lugar en mi corazón y que tengo vida eterna. Tengo una relación muy estrecha con mi Dios. Eso es lo que me da alegría. En cualquier situación, Dios está conmigo. Esa es mi alegría y mi paz».
Los colaboradores de Puertas Abiertas en Asia Central están apoyando a Zakie para que continúe su ministerio entre las mujeres refugiadas afganas. Hay otras personas como ella que tienen el llamado y la pasión de servir a las mujeres y ofrecerles esperanza. El apoyo de Puertas Abiertas a través de capacitación, recursos literarios y ayuda práctica permite a estas mujeres cumplir su llamado de fortalecer a las cristianas perseguidas invisibilizadas por su sociedad y edificar el reino de Dios entre los afganos.
*Nombre cambiado por motivos de seguridad.